Viernes, 02 Febrero 2018 00:00

Y si un joven busca a Dios ¿dónde lo encuentra?

Escrito por  Raúl Arsenio Uribe Ramírez, Seminarista Valle de Chalco.
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Estas breves líneas quiero escribirlas con motivo a la experiencia conmovedora que me dejó un joven de mi apostolado quien al preguntarle sobre su ausencia del grupo juvenil, me respondió: «Yo vine al grupo de jóvenes con mucha inquietud y nunca encontré a Dios». ¡Zaz! Su respuesta me calló como balde de agua fría, porque ante mí se encontraba un hermano desolado, sin respuesta y sin esa cercanía que se experimenta cuando Dios está presente en nuestras vidas. En ese momento, sentía como todo el equipo juvenil habíamos fracaso en la misión primaria que nos es dada por la naturaleza de la Iglesia: Predicar la Buena Nueva que es Cristo (cf. Mc 16, 15).

De esta experiencia, podrán surgir decenas de reflexiones, explicaciones, justificaciones y puntos de vista, aún más, cada lector que ha llegado hasta este punto del texto, tendrá ya formuladas en su mente sus propias preguntas y respuestas. En lo personal, rápidamente vino a mi mente aquel versículo del Salmo 26 que dice: «Mi alma me dice que te busque y buscándote estoy». Poco a poco pude entender aquello que no satisfizo a aquel joven anónimo, pero que en su persona pude ver reflejada la inquietud de cientos de jóvenes más que no se acercan a nuestros grupos, porque sencillamente nos falta vivir y transmitir mayor espiritualidad.

No es en demasiado complicado, descubrir que la juventud de hoy, con toda la pluralidad y la sociedad liquida en que vive, tiene hambre de Dios, de trascendencia, de infinito. Traducido a nuestras palabras, las nuevas generaciones tienen ansias de espiritualidad, por muy difícil que esto nos parezca pensarlo, pero si no fuese así, entonces no se explicaría el aumento de tendencias neochamanicas o supersticiosas o milenaristas dentro de la juventud. Los jóvenes hoy, se descubren también como seres espirituales, como seres humanos llamados a la trascendencia y a la armonía.

Por eso, es necesario intensificar la espiritualidad, como aquella dimensión de la fe en la que se vive, se palpa, se hace conciencia viva todo aquello que se cree. La espiritualidad no es cosa de místicos o monjes iluminados, es una oportunidad que todo fiel posee para vivir dentro de Dios, con Dios y por Dios. Nuestro bautismo es el inicio de esta vida espiritual, con el agua fuimos insertados en la Vida Trinitaria de Dios, para vivir dentro de esa experiencia de amor. La Espiritualidad comienza con tomar conciencia de nuestro lugar en el mundo, de toda mi persona llamada a configurar mi vida en el Amor. El amor es espiritualidad, la oración también lo es, la relación y asistencia para con el prójimo es espiritualidad, mi interioridad es espiritualidad, mi responsabilidad para con la creación es espiritualidad.

Por eso San Agustín decía: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Cada uno de nosotros lleva en su interior una porción de lo divino, y eso hace que busquemos a Dios, si no directamente, al menos un poquito de lo que pudiese ser ese ser supremo. Y así hoy, debemos convertir nuestros grupos en oasis de espiritualidad, donde los que acudan a nosotros puedan sentir la cercanía del Dios Amor, la alegría que causa la esperanza de Jesús resucitado y ante todo, seamos jóvenes que logren ofrecerle al mundo tan caótico «un pedazo de cielo», una respuesta que toque a las personas y ellas puedan decir: ¡Es cierto, Dios está aquí!

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