Martes, 01 Diciembre 2015 00:00

Ser sacristán es una misión no un trabajo

Escrito por  Fabián Contreras
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Estimados lectores de Mensajero, durante esta y las siguientes cinco ediciones, en la sección de “Laicos”, estaremos ofreciéndoles el testimonio de algunos laicos comprometidos en la pastoral, de manera que nos sintamos identificados con ellos y al mismo tiempo motivados a comprometernos en los trabajos de la extensión del Reino de los cielos. En esta edición toca el turno de Fabián.

Hola amigos, soy Fabián, desde hace casi veinte años, soy sacristán en la parroquia vecina a mi pueblo. Mi trabajo en la Iglesia comenzó cuando el sacerdote de esta comunidad acababa de asumir el encargo de párroco del lugar y en la misa del domingo, nos dijo que estaba a la búsqueda de un sacristán, por aquellos días, yo no tenía trabajo, pero tampoco estaba buscando uno, pues en la empresa en la que trabajaba sólo me habían descansado una temporada, después de algunos días, tendría que regresar y seguir con mi habitual forma de vida. Sin embargo, dadas las circunstancias, me acerqué al padre, le conté mi situación y le dije que yo estaba dispuesto a ayudarle mientras yo no entrara y mientras él conseguía quién podía ayudarle en ese oficio. La tarea de ser sacristán pintaba muy fácil, abrir el templo, llamar a misa y apoyar al padre en lo que necesitara, esa era mi manera de ver esta nueva aventura, pero no fue así, ser sacristán implicaba conocer el nombre de todas las cosas y objetos que el padre ocupa para la misa, para el bautismo, los matrimonios, muchas veces pasar a leer en las celebraciones, arreglar los floreros, barrer la el templo, preparar la liturgia y un montón de cosas más.

A los pocos días, me di cuenta que el trabajo de sacristán no era nada sencillo y que necesitaba una buena instrucción sobre las cosas que debía hacer. Pero eso fue lo más sencillo. Con el tiempo, me di cuenta que, no bastaba con saber el nombre de los objetos sagrados, y mucho menos con saber ayudar al padre en las celebraciones; me di cuenta que también necesitaba acercarme más a Dios y hacerlo parte de mi vida, así que me fui involucrando en las actividades de la parroquia, hasta que un buen día, antes de regresar a mi trabajo, me invitaron a vivir un retiro, al cual acepté ir sin ningún problema. En el retiro me di cuenta que Dios no sólo tenía un plan de salvación para mí, sino que además me tenía encomendada una misión y una tarea concreta en la Iglesia, y esa tarea era estar cerca de él y ayudar, no sólo al padre en las celebraciones, también a las demás personas que se acercan a Dios y entran al templo buscando a Cristo, así que, renuncie a mi trabajo y comencé formalmente a ser el sacristán de la parroquia; desde entonces, han pasado por aquí, cuatro párrocos, el primero de los cuales ya murió, y yo sigo aquí, sirviendo al Señor y haciendo aquello que me gusta y que creo que es mi misión en la tierra.

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