Domingo, 23 Octubre 2016 00:00

Expresar y comunicar la fe

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El Concilio Vaticano II trajo la riqueza de valorar los signos y símbolos empleados en la liturgia, que simplificó para que comunicaran más. Hoy en día vivimos en una sociedad donde la comunicación ha tomado un boom; es increíble que en pocos segundos a través de los “mass media” uno esté enterado de todo lo que acontece en el mundo. A través del Internet hoy podemos tener contacto con cualquier persona en todo el mundo, pero también es cierto que eso ha dificultado la comunicación interpersonal. Pareciera irónico, sin embargo, es una realidad que vemos a diario, gente que está en un mismo lugar y sin hablarse, cada quien metido en sus celulares, en su mundo virtual.

En la liturgia, también nos hemos visto afectados, podemos decir, por una pérdida del sentido de lo religioso y la observación. Hoy en día, si vamos a misa o alguna celebración solo vemos algunas acciones que ciertas personas realizan, pero ¿Por qué se ponen de rodillas? ¿Por qué golpearse el pecho? ¿Por qué cantar si está el coro? ¿Por qué ponerse de pie para una lectura? Y así podemos hacer sin fin de preguntas. Eso solo nos deja entre ver que no sabemos que esas posturas, gestos, cantos, actitudes, edificios y demás signos nos hablan de algo y de alguien. No solo son acciones por realizar o porque así se tienen que hacer. La liturgia es obra de salvación, actualización del Misterio de la Redención, fuente y cumbre de la vida cristiana.

Es por ello que el mismo Concilio nos dice: “Aunque la sagrada Liturgia sea principalmente culto de la divina Majestad, contiene también una gran instrucción para el pueblo fiel. En efecto, en la liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración.

Más aún las oraciones que dirige a Dios el sacerdote —que preside la asamblea representando a Cristo— se dicen en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes. Los mismos signos visibles que usa la sagrada Liturgia han sido escogidos por Cristo o por la Iglesia para significar realidades divinas invisibles.

Por tanto, no sólo cuando se lee "lo que se ha escrito para nuestra enseñanza" (Rom., 15,4), sino también cuando la Iglesia ora, canta o actúa, la fe de los participantes se alimenta y sus almas se elevan a Dios a fin de tributarle un culto racional y recibir su gracia con mayor abundancia. (SC 33)”.

“Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración”. Esto nos habla que la liturgia no sólo son simples acciones o ritos, sino ante todo es el medio por el cual Dios sigue hablando, santificando y salvando a su pueblo. Donde la comunidad sigue oyendo la palabra de su Maestro y Señor, pero también es por donde el mismo pueblo dirige sus súplicas al Padre, por el Hijo en el Espíritu.

Esas acciones que vemos que realiza el sacerdote, nuestros propios gestos y posturas, hablan de lo que creemos, lo que profesamos en la fe. Por eso, es importante conocer que estas acciones son un lenguaje que hablamos pero que no entendemos. Cuando se supone que debería ser lo contrario, deberíamos saber qué nos comunican y hacia dónde nos llevan.

Cada palabra, gesto, signo que usamos no sólo es repetirlo o hacerlo al vacío. Sino que cada palabra, gesto, signo nos habla y hablamos de una realidad de fe. Es por eso que requieren también la fe de quienes lo realizan. Un acto de fe que me lleva a la trascendencia con Dios, a hablar con Él y dejar que Él nos hable.

Así que no sólo es ponernos de pie por respeto o porque el Padre quiere que nos cansemos. O nos sentamos para no cansarnos o porque va a estar muy larga la homilía, o ponernos de rodillas porque veo que los demás lo hacen o pensar que el coro es para que cante mientras los demás solo escuchamos como meros espectadores.

Así que en la liturgia este lenguaje es importante, y por ello debe ser claro y fuerte, pues así es como damos testimonio de nuestra fe. Pues recordemos que en la medida en que creamos, será la medida en que celebremos la fe que profesamos.

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