Martes, 23 Junio 2015 00:00

Homilía del Arzobispo Carlos Aguiar Retes Mayo - 27, 2015.

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Dejen que el Espíritu renueve su mente y revístanse del nuevo yo, creado a imagen de Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad.

En la segunda lectura, tomada de la carta de San Pablo a los Efesios, descubrimos la invitación a un desarrollo constante de nuestra persona impulsada por el espíritu de Dios para alcanzar la estatura de Cristo. Llegar a ser un hombre nuevo que se manifieste en una conducta acorde a la conducta de Jesús. Es una clara invitación a desarrollar nuestra persona conforme al proyecto de Dios Creador, para que reflejemos la imagen divina.

Para ello, indica que Jesús es el modelo a seguir, de él hay que aprender el camino: escuchándolo y profundizando su enseñanza. Nos deja en claro que esto será posible mediante el Espíritu Santo que Jesús pidió al Padre para sus discípulos.

El apóstol Pablo señala con tres verbos el proceso a seguir: dejar, renovar y revestir.

El primero Dejar significa abandonar lo que impida que el Espíritu de Dios actúe en nosotros y nos conduzca. Es decir, dejar el modo de vivir del viejo yo que ha sido corrompido por los deseos del placer, que ha sido atraído y esclavizado por el egoísmo.

El segundo Renovar la mente, es decir descubrir que somos seres en relación y que creceremos en la medida que sirvamos y colaboremos al bien de los demás. Como también lo afirma Jesús en el Evangelio diciendo: el Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y dar la vida por el rescate de todos.

El tercer verbo Revestir, indica que nuestra conducta sea orientada por los criterios de la justicia y de la santidad de la verdad. Recordando que para San Pablo la justicia divina es la misericordia salvífica de Dios Padre, y la santidad de la verdad es la vida divina que nos ha compartido en Jesucristo.

Además debemos observar que San Pablo habla en plural para recordar que este camino de transformación será posible en comunidad, en Iglesia.

Hoy estamos aquí para testimoniar la ordenación episcopal de un presbítero que el Papa Francisco ha llamado para unirse al Colegio apostólico, para ser Sucesor de los Apóstoles, y por tanto, servidor de la comunión eclesial en el ministerio de Obispo.

Este servicio específico es indispensable para conducir a la Iglesia en la unidad y en la verdad. Nuestro querido hermano Jorge me auxiliará junto con Monseñor Efraín para ir conduciendo esta Iglesia Particular de Tlalnepantla.

Viene enviado por el Papa Francisco para relevar a Monseñor Francisco Ramírez, quien con gran generosidad y fidelidad ha servido durante 15 años como Sucesor de los Apóstoles en esta Iglesia particular de Tlalnepantla, primero 9 años en comunión con Nuestro querido Arzobispo emérito Don Ricardo Guízar, y luego conmigo, estos últimos 6 años. Monseñor Francisco, Dios, Nuestro Padre, te recompense abundantemente con su gracia.

A partir de este día, Monseñor Jorge se incorpora plenamente a esta Iglesia que peregrina en Tlalnepantla. Expreso mi profunda gratitud a la Iglesia hermana de Texcoco y en especial a su Obispo Don Juan Manuel Mancilla, quien se desprende de tan excelente Presbítero con la generosidad propia de toda comunidad eclesial que se sabe en comunión con todas las Iglesias particulares, cuya cabeza es la Iglesia de Roma y el Sucesor de San Pedro, el Papa Francisco.

Así los tres Obispos, junto con los presbíteros, colaboradores indispensables del Obispo, y los agentes de pastoral desarrollaremos la tarea de conducción en tres puntos:

1) Orientando e indicando el camino a seguir: los criterios y las estrategias pastorales para anunciar y extender el Reino de Dios en los contextos socioculturales de nuestro tiempo.

2) Acompañando y fortaleciendo las comunidades parroquiales con la preocupación de llevar a cabo lo señalado por el apóstol Pablo en la segunda lectura. Abrirnos a la acción del Espíritu Santo. Renovar nuestra mentalidad. Y revestirnos de Jesucristo, es decir, capacitarnos para manifestar la conducta de Cristo en nuestro actuar.

3) Y finalmente, estando pendientes de ir por los alejados, los distantes, los pobres y marginados en nuestra sociedad.

En este camino, es indispensable ayudarnos los unos a los otros por medio de la constante puesta en común de la fe. Y tener siempre clara la necesidad de la comunión eclesial. De aquí la razón, por la que necesitamos vivir la experiencia de pequeñas comunidades en nuestros sectores parroquiales.

Tenemos que aceptar con abnegación, generosidad, y esperanza las renuncias que nos exige el cumplimiento de las tareas eclesiales. Este es nuestro camino a Jerusalén, a la Jerusalén celestial. Para ello, el evangelio de hoy dice que el sacrificio y la cruz en nuestro seguimiento de Jesucristo implican una clara mentalidad, de que somos llamados para servir.

Y ante las dificultades que vive hoy nuestra sociedad, hagamos nuestra la súplica a Dios, que nos transmitió la primera lectura del libro del Eclesiástico, cuando el pueblo de Israel, un siglo antes de la venida de Cristo, vivía el difícil contexto socio político de la cultura y dominio greco-romano, que ponía en peligro la credibilidad de la Fe en Dios Salvador y Redentor: Por amor a tu pueblo escucha las súplicas de tus siervos, y que toda la tierra reconozca que tú eres el Señor, el Dios eterno.

Acudamos a María de los Remedios, madre y discípula, modelo ejemplar de la Iglesia, y confiemos a ella y en ella nuestra grave responsabilidad eclesial. Así nunca experimentaremos la soledad estéril, sino una soledad fecunda que encontrará siempre en el amor de la Madre, y en el encuentro con los hermanos el mejor de los consuelos y la fortaleza propia del discípulo de Cristo. ¡Cristo Vive!

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