Jueves, 08 Junio 2017 00:00

Y con misericordia nos ha llamado

Escrito por  Seminarista Luis Enrique Ríos Hernández - Diócesis de Cuautitlán
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Querido lector me gustaría compartir en estas líneas un poco del llamado que Dios ha querido hacerme, y aún más, he querido compartirlo porque creo que mucho de lo que nuestro Padre hace por nosotros, llamados a la vida sacerdotal, lo hace también en ti, llamado (tal vez) a otra vocación.

Han pasado un poco más de tres años desde que entré al seminario en la Diócesis de Cuautitlán, y cada etapa está marcada por diversos acontecimientos que van formando mi persona, pero sin duda, mucho ha sido obra de Dios. La vocación de la que participo, no sólo es una llamada de un “Alguien” a la que inmediatamente hay que responderle un “sí” o un “no”, creo más bien, que este llamado implica en sí a Dios mismo que está dispuesto a volcarse por la persona mirada y transformar su corazón. Es una llamada misericordiosa, y lo es porque Dios tiene gestos muy particulares pero simples: nos mira cuidadosamente, no para juzgar, sino para hacer saber que no se aparta nunca, nos acaricia con ternura en los momentos que pueden tornarse difíciles. Nos acoge a nosotros hombres que pecamos y aunque podamos pensar que lo que hemos hecho está mal y merecemos castigo, Dios nos sorprende regalándonos su perdón. Sopla sobre nosotros un hálito de vida que nos hace vivir con intensidad cada momento de nuestra existencia. Entonces Dios nos toma entre sus brazos y nos levanta hacia Él. Tal vez por eso en la Eucaristía el sacerdote nos invita a dirigirnos hacia Dios cuando nos dice: ¡Levantemos el corazón! Y es un gozo responder: ¡Lo tenemos levantado hacia el Señor! Sólo es posible si aprendemos a reconocer esos gestos de Dios. Pienso que la vocación al sacerdocio, igual que la vocación al matrimonio, a la vida consagrada, a la soltería y a la Santidad tienen en común esto: ser elegidos por Dios de manera misericordiosa. Dios es especial en llamar con misericordia y de modo único, en transformar y enviar con esa misma misericordia a quien ha mirado. Descubramos en nuestro propio llamado esta actitud profunda de nuestro Padre.

                                                          

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