Lunes, 05 Junio 2017 00:00

¡La fe se Fortalece dándola!

Escrito por  Gladys Levano - Comunidad Misionera Villaregia
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Me llamo Gladys Lévano, tengo 45 años y soy originaria de Lima, Perú.

Mi primer encuentro con el Señor fue a los 15 años. Entré en la Iglesia de mi parroquia, y con celo vi a las chicas de mi edad que iban a comulgar. Yo no había recibido aún la primera comunión. Algo me atraía allá pero no podía recibir a Jesús hasta que un día, con voz decidida, dije a mis papás que haría mi primera comunión porqué quería que Jesús fuera mi amigo especial. Desde aquel día iba seguido a la iglesia.

Desde aquel momento el deseo de estar con Jesús nunca me dejó. Estaba estudiando en la universidad contabilidad y trabajaba al mismo tiempo, pero con mucho esfuerzo me iba a misionar a pueblos más pobres y necesitados de recibir la Palabra de Dios. Quería compartir mi fe, tenía dentro de mi corazón algo similar a un fuego que no podía contener: quería decir a todos: Dios nos ama.

En esta etapa de mi vida conocí a la Comunidad Misionera de Villaregia. Enseguida me llamó la atención el carisma: una vida de comunión a imagen de la Trinidad y la misión ad gentes. Este fue el tesoro que empecé a dar a conocer.

En la comunidad misionera de Lima profundicé mi fe y trabajé en la evangelización de los pobres.

Después de seis años recibí la noticia de mi nueva destinación: Italia.

Italia significó para mí antes que nada encuentro con los pueblos, con hermanos de la comunidad llegados de otros países como África, Brasil, y México y así juntos compartir nuestra experiencia de fe. La permanencia en Italia me regaló esta conciencia: he recibido el don de la fe, soy parte activa de una Iglesia que va más allá de los confines geográficos. Encontré las raíces de mi ser cristiana, descubrí la fuerza que estaba debajo de mi anuncio a los más pobres que son mis hermanos privilegiados. Mi fe nació en Perú pero más profundamente nació en la iglesia que fundó Jesús.

Con los hermanos de otros países nos empeñamos a difundir la solidaridad y fueron muchos los que nos escuchaban y hacían gestos precisos de generosidad hacía los pobres lejanos.

Descubro siempre más que somos como el barro en manos del Alfarero y que el Señor no termina nunca su obra con nosotros ya que pone en nuestros corazones la necesidad de seguir anunciando lo que hemos visto, tocado y oído en nuestros pueblos para que la fe sea verdaderamente un don compartido. Desde hace cuatro años estoy en México. Estoy contenta de caminar con este pueblo, una vez más confirmo que “la fe se fortalece donándola”.

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