Lunes, 14 Noviembre 2016 00:00

Joven, yo te lo mando, levántate” Lc 7, 14

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Definitivamente nos encontramos en una etapa de cambio en la cual la sociedad, y el ambiente en el que vivimos nos exige vivir constantemente adaptándonos a nuevas formas y estilos de vida que llegan a ser muy dolorosos para los jóvenes. Es cierto, toda la vida han existido cambios radicales en la vida de un joven, pero en nuestra época, se van suscitando de manera tan acelerada que a veces no nos permite responder y adaptarnos al cambio con la misma velocidad, por lo cual, puede suceder que ante la velocidad de los cambios, la persona se puede quedar atorada, estancada, privada de muchas oportunidades de crecimiento e incluso “muerta”, pues para evitar el esfuerzo que implica la adaptación, mejor se opta por vivir una vida aletargada, pasiva, sin cambios, sin ser protagonistas de la propia historia y por lo tanto quedar como el joven muerto en el Evangelio.

Otras personas pudieran dejarse llevar por las inercias de los cambios tan acelerados y adoptar posturas, modas, estereotipos que simplemente llevan a la persona a modificar estructuras de su propia personalidad, quizá fundamentales, dejando de lado todas esas convicciones que han construido a lo largo de la vida, sin la posibilidad del discernimiento, o un filtro que permita elegir entre qué es lo conveniente y qué no.

En ambos casos podemos hablar de muerte del joven pues se está dejando perder su ideal, su vitalidad y la construcción que Dios va realizando en ellos. Por este motivo se lanza esta invitación: ¡¡¡¡JOVEN, LEVANTATE!!!! El propósito de este texto que te compartimos pretende ser precisamente un apoyo para ayudarnos a hacer un alto y ver donde estamos parados y así poder ser protagonistas de nuestra propia historia y no de víctimas de las inercias del mundo.

El primer paso a dar, paradójicamente hablando, es detenerse. Cuando logras hacer un alto en tu vida con paz eres capaz de dar cambios. La persona que se detiene está alerta al rumbo que va siguiendo, verifica rutas y puede ajustar para alcanzar la meta. Detente en la oración, delante de santísimo y escucha esa voz de Dios que te indica cómo vas.

El Segundo paso sería analizar la situación y proyectar una nueva ruta. Escucha la palabra de Dios, es dulce y amable y te llevará a un lugar mejor. Lee la Biblia y conforta tu vida con la Palabra de Dios.

Finalmente el tercer paso es moverse de nuevo. No dejes que los miedos o los cambios te paralicen. Míralos y enfrentamos, y déjate acompañar por alguien que ya haya recorrido el camino, tus padres, tu sacerdote, algún director espiritual y seguro lograrás un equilibro en tu vida que te dará un nuevo rostro, nuevas esperanzas y te hará responder a esa llamada de Dios a levantarse… pero siempre tomado de su mano. Ánimo Dios contigo.

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