Miércoles, 05 Octubre 2016 00:00

Imitar a nuestro Señor Jesucristo

Escrito por  Seminarista Jesús Eduardo Pérez Morales - Diócesis Valle de Chalco
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En la actualidad es difícil escuchar a los jóvenes decir que se interesan por la vida sacerdotal o religiosa, posiblemente pareciera mucho más atractiva la idea de estudiar una licenciatura o alguna ingeniería en una de las universidades más reconocidas de nuestro país, para poder tener una estabilidad económica y llegar a tener un reconocimiento.

Por ello me viene a la mente algunas palabras de un santo muy actual, San Juan Pablo II, el cual es nuestro patrono en el Seminario diocesano, él decía que "la vocación sacerdotal, es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre y que es dado por Dios", es en estas palabras del Papa que podemos entender aquellas otras de la Sagrada Escritura: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn 15, 16).

La vocación al sacerdocio es ante todo una llamada de Dios; pareciera un misterio que un Ser invisible pueda tocar tan claramente el corazón del hombre, pero esta es la experiencia que se constata en cada vocación, en cada hombre o mujer consagrado que responde como Samuel: “Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Sam 3, 10). Es un don que consiste en una auténtica entrega generosa de sí mismo, que Dios hace al hombre por amor y eso hace en toda vocación, pero de manera especial en la sacerdotal. Dios se pone en las manos de un hombre pecador perdonado a través de él, entregándose a sus hermanos en el pan y en el vino hechos su Cuerpo y su Sangre, bautizando en él, ungiendo en él.

Es necesario mirar la vocación como un don dado por Dios para el servicio a los demás, y esto implica en la persona, el seguimiento de Cristo, buscando la configuración con él, y que es como alcanzar una cima que requiere dejar la comodidad de la casa, el calor de la familia y lanzarse con esfuerzo a vencer todos los obstáculos que implica subir a una cumbre, el camino no es fácil pero la cumbre nos sigue atrayendo, el ideal del seguimiento de Cristo nos llama con fuerza.

Desde la cumbre, las cosas se ven de otra forma, y así, el esfuerzo vale; por eso es necesario hacer oración por las vocaciones sacerdotales día con día para que Dios suscite en muchos jóvenes una respuesta pronta y generosa a su llamada, a entregarse por causa del evangelio. “De ello se beneficiarán los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, tan necesitados de sentido y de esperanza. De ello se alegrará la comunidad cristiana, que podrá afrontar con confianza los aconteceres de cada día” (San Juan Pablo II).

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