Lunes, 12 Septiembre 2016 00:00

Una mirada al seminarista desde la espiritualidad

Escrito por  Pbro. Emmanuel Ángeles García - Director Espiritual del Seminario “San Juan Pablo II” - Diócesis Valle de Chalco
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Como la mayoría conoce, la formación integral del seminarista estriba en cuatro dimensiones a saber: humana, académica, pastoral y espiritual. Hoy daremos una mirada desde esta última.

Me viene a la mente el pasaje bíblico de Jeremías. Este profeta es enviado a la casa del alfarero para escuchar las palabras de Dios, una vez más allá se encuentra con el alfarero a quien halla trabajando en su torno; cuando se le estropeaba la vasija volvía a hacer otra con el mismo barro; Dios dirige entonces la palabra a Jeremías “¿acaso no puedo hacer yo con ustedes lo mismo que hace este alfarero? Como está el barro en las manos del alfarero así ustedes están en mis manos” (Jr 18, 1-6).

En muchas ocasiones, querido lector, pensamos que el formador del Seminario es una especie de inquisidor que tiene la tarea de acreditar o desacreditar la vocación del Seminarista, que se tiene por así decirlo el poder de determinar quién sí debe o no ser sacerdote, cosa que no es así.

El formador, como su nombre lo dice, forma no deforma ni desacredita, debe dar forma, esa es la misión, por eso la imagen que nos presenta el profeta Jeremías está muy ad hoc con esta efímera mirada desde la formación espiritual al Seminarista.

El formador es, por así decirlo, el alfarero a quien se le ha proveído de arcilla, barro. (Tierra de donde el hombre ha sido creado Gen 2,7) esta tierra es el Seminarista que busca convertirse en hombre, ya sabemos que el hombre por excelencia es Jesús, el Cristo, luego entonces el seminarista busca como ideal configurarse con Cristo en la categoría del Buen Pastor (OT, 8).

Dios elije a hombres y mujeres excepcionales, sabemos la historia de Abraham nuestro padre en la fe (Gen 12) y qué decir de María la llena de Gracia (Lc 1, 26-38) o de José el varón justo (Mt 1, 19-25). Pero no siempre se cuenta con barro de la mejor calidad, basta con recordar a otros vocacionados tanto del Nuevo testamento como del Antiguo; Moisés fue un asesino (Ex 2, 12) y aun así Dios no reparó en elegirlo; lo mismo que David quien además de cometer adulterio con la mujer de Urías buscó la muerte de este (Sam 11, -26). En el Nuevo testamento Jesús elije a doce, algunos pescadores, uno de los oficios más comunes en este tiempo (Mt 4, 18-22), a Tomás un incrédulo (Jn 20, 27), a Mateo un publicano (Mt 11, 3) y a Judas Iscariote el traidor (Mc 3, 19), no olvidemos nunca que este “eligió a los que Él quiso” (Mc 3, 13).

No cabe duda que todos estos personajes bíblicos, excepto el que había de traicionar a Jesús, lograron la configuración con Cristo, que los transportó a la Santidad, primera e ineludible vocación del cristiano. Por eso como dice nuestro Papa Francisco, hay que primerear (EG 24) en la relación con Jesús, el hombre por excelencia, para que configurándose a Él, alcancemos que formadores y seminaristas con su propio barro logren la vasija que replicará a la arcilla con su redentor.

Entonces, el seminarista, adquiriendo la ordenación sacerdotal, será otro Cristo que viene no a condenar sino a salvar al mundo.

La formación es estar en manos de Dios, como el barro en manos del alfarero.

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