Martes, 23 Junio 2015 00:00

El amor habla en el silencio: Vida monástica

Escrito por  Sem. Carlos A. Flores Loya
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Siempre ha resultado extraño para el mundo la existencia de hombres y mujeres que de manera radical se deciden por la vida de clausura en alguna casa religiosa o en un centro monástico. No debe resultarnos desatinada esta postura, pues en verdad son espacios completamente distintos de nuestra realidad habitual. El solo hecho de entrar al monasterio nos sobrecoge, nos alerta y hasta nos extraña, pues experimentamos el silencio de la creación que sin hablar musita su alabanza. Es la imagen del infinito que lo llena todo aun cuando se mueve en lo invisible y actúa en el silencio. Así el ambiente queda vacío de ruidos; los sentidos se confunden, la mente se turba y el corazón se reconoce necesitado de Alguien. El silencio no es vacío, es presencia de Dios.

El monasterio es la casa de la comunidad religiosa. Toda la arquitectura hace eco de la vida comunitaria: los espacios comunes y su amplitud. La capilla es sin duda el corazón del monasterio, el lugar del encuentro por excelencia, donde se fundamenta la vida cristiana y monacal. Ahí se elevan cantos de alabanza, de súplica y perdón. Una sola voz canta enamorada de Cristo. Se celebra con pasión la Eucaristía y los momentos de íntima oración.

Gran parte del monasterio está velado a nuestro acceso, pues es espacio de clausura. Los monjes realizan sus actividades diarias como el estudio, el trabajo o la meditación en ese espacio distanciado de la vida pública. La taciturnidad y la paz que transmite cada monje no deben confundirnos, a pensar que la vida monástica carece de preocupaciones u ocupaciones. Grabado en el alma de todo profeso están estas letras: ora et labora. No sólo basta la oración, que guarda el nudo del amor a la propia vocación, sino es necesario trabajar para que en la vida cotidiana se glorifique a Dios. Así cuando vemos a los monjes en un halo de paz, de fraternidad y alegría, reconocemos que no son las cosas del mundo las que brindan tal dicha. Caminando con su hábito negro, su capucha cubriendo su cabeza y rostro, los brazos cruzados y el paso sereno, manifiestan la profunda interiorización en la que viven sumergidos, en contacto con Dios  y en oración. Entonces adquieren pleno sentido las palabras de Jesús: “Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6, 6). Así la vida se convierte en una oración habitual y constante que desciende sobre todo el pueblo cristiano.

Esto es lo que percibimos desde el exterior, debe ser mucho más apasionante vivir la experiencia del abandono en el amor de Dios.

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