Martes, 01 Diciembre 2015 00:00

La misericordia en los orígenes cristianos

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La misericordia es una de las virtudes cristianas de mayor novedad en el mundo antiguo y, tal vez, de las menos comprendidas en el mundo moderno. Surge de la extraordinaria ponderación que hace de ella el mismo Jesús en diferentes momentos: “Sean misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso” (Lc 6,36), con consecuencias inmediatas y contundentes en palabras del mismo Jesús: “No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados, perdonen y serán perdonados”.

Por otra parte, sabemos de las duras críticas que lanzó Jesús contra los escribas y fariseos por carecer de esta virtud: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta y el comino y descuidan lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe!” (Mt 23,23), como continuidad surge aquella expresión en la que los llama “¡guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!” (Mt 23,24). Por el contrario, en el juicio final habrá una alabanza hacia los justos por aquellas actitudes que coinciden con lo que llamamos obras de misericordia: “Vengan benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era forastero y me hospedaron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y vinieron a verme” (Mt 25,34-36). Aquí nos encontramos con una clave de interpretación muy explícita de la famosa bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).

La misericordia es una virtud que debe acompañar a todo creyente porque es parte de la exigencia de nuestra vida cristiana. No es cuestión de ser misericordiosos una vez en la vida, o dos o diez, sino siempre. Es una actitud que transforma a los no creyentes, más que mil palabras, porque la misericordia se dirige a todos sin distinción de credos o condiciones sociales. Si hacemos esto, creerán aún los infieles, dice san Juan Crisóstomo, porque si ven que tenemos compasión de todos y llevamos el nombre de aquel Maestro (Jesucristo), sabrán que obramos así para imitarle.

La misericordia es una actitud testimonial: ¿Cuáles ventajas llegarían a nuestra realidad humana si todos practicáramos la misericordia?, está de sobra decirlo y saltan a la vista sus beneficios: “La pobreza no afligiría al hombre, la servidumbre no lo rebajaría, la ignominia no lo apenaría; pues todo sería común a todos y la igualdad de la ley y el derecho imperarían en la vida de los hombres”.

Cuando el papa Francisco convoca a toda la Iglesia a vivir “un año de la misericordia”, señala que la Iglesia es la primera destinataria de la misericordia de Dios, pero también es la primera comprometida a comunicarla a nuestros contemporáneos, a fin de transformar toda realidad humana con la experiencia del amor de Dios, tal como decía san Juan XXIII al inaugurar el Concilio Vaticano II: “En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad… quiere mostrarse madre amable de todos”. La misericordia de Dios manifestada en Jesucristo es el mejor camino en el mundo antiguo como en el mundo actual para llegar a Dios.

Fuente: vidapastoral.com

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